8 de diciembre de 2011 a las 12:15 am

Una noche de deseo, pasión y gloria

Despertar, imaginar, soñar despierto: volar. Caminar bajo un rumbo fijo con destino de mística, hacia un camino que se reencuentra con la mismísima gloria. Oler el aire, respirar el perfume que hay en él, que sobrevuela expuesto en partículas de …


Despertar, imaginar, soñar despierto: volar. Caminar bajo un rumbo fijo con destino de mística, hacia un camino que se reencuentra con la mismísima gloria. Oler el aire, respirar el perfume que hay en él, que sobrevuela expuesto en partículas de pasión por esas calles de Avellaneda fulgurantemente rojas.

Pensar una y mil veces en ese final, en el mejor final. Sufrirlo como debimos acostumbrarnos a sufrir. Llorar, de tristezas y emociones, contagiar la energía del otro con canciones y esa inconmensurable sensación de exitación, de adrenalina. Hubo que pasar estaciones espinosas, donde directivos de ideas (siempre) equivocadas, fueron sacrificando entrenadores. Hubo que besar el piso para levantarse y dar el mejor salto. Por eso, se disfrutó un poco más.

Pasaron noches de sensaciones. La incertidumbre con Argentinos Juniors, el renacer de la mística contra Defensor Sporting, el sufrimiento inmortal ante Tolima, la resurreción ante Liga y ese paso, ese último paso que fue uno dividido en miles. Fue una semana eterna, un dolor de estómago crónico. Fue algo nuevo, una experiencia que latirá por siempre, que jamás se dejará pisar por otra huella.

El partido en Goiania asustó a todos. Hizo tambalear las estanterías de ánimo más pesadas y fuertes de hasta el más positivo. Era un 0-2. Un 0-2, en el fútbol de hoy, no es poca cosa. Las palabras del “Turco” alivianaron un poco el alma, dieron fe y confianza, aunque allá a lo lejos la desidia amenazaba con ganar terreno en el corazón y la mente. Fue una semana dura, tediosa.

El 8 de diciembre llegó finalmente. Fue un hermoso día de sol que presumía un final a puro llanto. Claro, el tema era saber de qué lloraba uno. Faltaban tres horas para el arranque del partido, pero Alsina era una fiesta. Una marea roja salpicaba las veredas e inundaba ese vetusto cemento, ese pedazo de asfalto que hervía al compás de esos fieles que, impulsados por esa mágica pasión, contaminaron el aire de sentimiento y adrenalina.

Banderas que flameaban al son de las canciones. Saltos ansiosos, cigarrillos que empezaban a quemarse en forma de nervios y caras pálidas, en contraposición a aquellos que confiaban en dar vuelta la serie con ceguedad. Todos mancomunados con ese rojo que relucía ferviente en aquella tarde que comenzaba a despedirse para darle lugar a una noche mágica.

La previa fue esplendorosa. Ahí se comenzó a levantar el 0-2, porque hasta el más desanimado empezó a confiar. Las camisetas azules por fín asomaron para darle tregua a esa espera que ya se tornaba insoportable. Todo fue un parto. Pasamos del renacimiento excelso de la fe al silencio lacrimógeno. Pero todo volvió a transformarse en un hechizo de felicidad.

Hubo piernas que no respondían, esfuerzos que se fundían en un 3-1 inamovoble. Faltaba solo un gol, pero no. No había caso. Los brasileños olieron sangre y lo fueron a buscar, pero un palo milagroso y las manos sagradas de Hilario dejaron todo igual. Ya quedaba poca piel en la yema de los dedos. Las uñas se consumían como aquellas esperanzas que aún dejaban verse en la pupila de los ojos de la mayoría de los hinchas. No había más juego. La gloria o el entierro se definían por penales.

Prometiste cosas que jamás hubieses hecho. Miraste al cielo 345 veces pidiendo una mano. Te persignaste. Respiraste hondo para saber si seguías vivo. Comenzaste a tirar un par de lágrimas cuando el palo, otra vez el derecho, nos volvió a dar una mano. La rozaste con los dedos, te sentiste al borde de tenerla en tus manos. Sentiste salir el corazón por la boca cuando Tuzzio recorrió esos 12 mil kilómetros que lo separaban del punto penal. Cerraste los ojos, volviste a mirar y escuchaste la orden del juez. Se te heló la piel, hasta que rompiste tu garganta y dejaste heridas las venas con ese furibundo grito de gol: éramos campeones.

Y otra vez las lágrimas, esas que salen a mostrarse poca veces; las del orgullo, la felicidad y la pasión. Sabías lo que era llorar de tristezas, de cosas que jamás entendiste, ni cómo ni por qué, le pasaron a Independiente. Te abrazaste con todos. Hasta con esos que ya no están pero que te dejaron el legado, que bajaron un segundito del cielo para compartir ese momento con vos. 

Tu cuerpo no daba más, pero tu alma y tu corazón lo sostenían de pie. Y otra vez el cielo, y ese grito de “gracias Dios”. Y allá ellos, los héroes de una noche mágica. Y él, que te había prometido que lo dábamos vuelta. Sin dudas, la luz se posó sobre ”El Señor”, que también la tuvo que sufrir, casi tanto más que vos, y su aura reesplandeció a toda Avellaneda. Esa ciudad, que el 8 de diciembre de 2010, volvió a vestirse de frac para recibir a su dueño…a su único y eterno dueño.

7 Comentarios

  1. Nunca, jamás, nunca llore, grite, y fui tan feliz en mi vida.

  2. fantasmarojo | 08/12/2011 - 0:38

    Impresionante laburo se mandaron , con la calidad q los distingue ..

    Felicitaciones

  3. Pensar que hace un año estaba llorando en la Erico..Ojala se repita muy pronto!

  4. Tremendo, estoy llorando como en aquella noche magica!

  5. Pingback: Anónimo

  6. Se sarparon !! gran laburo, escribo y sigo llorando
    Sigan de esta manera gente q muchos tendrian q imitar su dedicadesa y amor por los colores. Saludos

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